Su día en el santoral católico es el 26 de junio
SAN PELAYO MARTIR.
Era un niño hermoso, de piel blanca, de cuerpo proporcionado y rostro sonriente, de manera que aún los guardias de la prisión en que vivía, lo veían con afecto y aprecio y con cierta lastima. Se llamaba Pelayo y era
Sobrino del Obispo Hermogio, en la ciudad de Tuy, en los tiempos del dominio de los moros.
El poderoso Emir de Córdoba tenía preso al Obispo Hermogio y para dejarlo libre había pedido le llevaran al niño Pelayo. Se hizo el cambio y el pequeño permanecía en la mazmorra añorando los breves años de felicidad pasados, a la sombra de la basílica episcopal de Tuy.
Tiempos tan lejanos e imágenes tan idealizadas, de cuando moros y cristianos se odiaban a muerte y vivían en guerra constante…
Iba a cumplir ya 14 años de edad, los cuatro últimos pasados en la prisión. La ciudad era famosa por sus mezquitas y palacios de mármol, por su riqueza, pero también por la corrupción y costumbres libertinas de los gobernantes y poderosos.
Gobernaba el reino Abderrahmán III y harto de los placeres que le proporcionaban las jóvenes de su harén, empezó a buscar gozos y deleites estrafalarios y fuera de lo natural.
Un día, Pelayo rezaba al Señor a quién había aprendido a amar desde que tuvo uso de razón, pidiendo llegará el día de su libertad, cuando llegó uno de los guardias y le dijo con voz amable: -Muchacho, te felicito; el rey se ha acordado de ti y quiere honrarte.
Pelayo empezó a temblar, porque presentía lo que iba a suceder en aquella corte podrida. Lo iban a llevar al alcázar, pero antes lo vistieron elegantemente con telas de seda, luego de haberlo bañado; el pelo lo rizaron y peinaron y lo ungieron con aceites y perfumes finísimos. Fue llevado al gran salón en que el pervertido Abderrahmán recibía los halagos de sus cortesanos.
Pelayo rezaba y más cuando el poderoso califa, le ofrecía sus y honores, con la condición de que se hiciera musulmán y correspondiera a sus propósitos.
-Todas sus riquezas no valen nada. Jamás voy a renegar de Cristo que es mi señor y el tuyo, aunque no quieras. Eso dijo Pelayo pero moro trató de acercársele, a lo que el santo, porque es San Pelayo mártir, reaccionó con justa indignación. Luego la furia del despreciado gobernante y el castigo terrible para el joven Pelayo: fue colocado en una máquina de guerra, como una catapulta y lanzado desde el patio del alcázar, hasta el otro lado del ancho río. Ahí llegó un esclavo negro y corto la hermosa cabeza del muchacho. Era el 26 de Junio del año 925.




